A pesar de no ser tan “espectaculares” como otros desastres ni ocupar los titulares de los periódicos, las sequías cuestan miles de millones de dólares a los países que las sufren. En los estados más pobres las sequías significan grandes hambrunas con enfermedades de malnutrición muy difíciles de erradicar. A largo plazo, el medio ambiente sufre mucho: el ganado hambriento arrasa los campos, lo que provoca una mayor erosión, y la fertilidad de los animales disminuye. Los animales autóctonos pueden ver su hábitat destrozado y así aumenta el peligro de extinción. Este ciclo hace que en los años siguientes las cosechas sean muy pobres y la flora autóctona quede muy dañada. Las plantas cada vez están más débiles para afrontar la siguiente época seca, por lo que las sequías y las hambrunas futuras son más graves. Es más, la tierra reseca y las plantas secas crean las condiciones perfectas para las tormentas de polvo y los incendios.

NO HAY DEFENSA CONTRA LA SEQUÍA

Los países más susceptibles de sufrir sequías son los situados en las latitudes medias, las zonas de clima semiárido y mediterráneo, donde la mayor parte de la lluvia depende de un clima inestable. Sin embargo, pocos lugares están totalmente a salvo de las sequías. En los últimos años incluso la selva amazónica y las islas tropicales de Islandia han sufrido este desastre natural.

El fenómeno de El Niño, que se produce cuando se acumula una gran extensión de agua caliente en parte del Pacífico oriental, desencadena una serie de eventos que provocan sequías en muchos países, entre ellos Australia, al otro lado La sequía no es sólo la falta de precipitaciones, la lluvia esta distribuida desigualmente en el mundo y algunas zonas siempre recibirán menos agua que otras. La sequía es un déficit de precipitaciones anómalo y continuado, según las expectativas de lluvia de un lugar y momento determinado. En Estados Unidos se habla de sequía cuando una región recibe el 30% o menos de las precipitaciones normales durante un mínimo de veintiún días. En cambio, en la India se declara que hay sequía si las precipitaciones anuales no llegan al 75 % de la media.

Las lluvias estacionales que traen los vientos monzones al continente asiático alimentan prácticamente a la mitad de la población mundial. Cuando faltan a su cita anual, el planeta pasa hambre. Un estudio de los anillos de los árboles que abarca un periodo de 700 años, revela la existencia de cuatro megasequías en los últimos 1.000 años que asolaron a la especie humana, según publica la revista ‘Science’. La investigación ha corrido a cargo de un equipo de investigadores del Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia en Palisades, Estados Unidos. Los científicos han tomado muestras de 300 árboles en toda Asia, y han definido un ‘Atlas de la Sequía del Monzón de Asia’ o ‘MADA’, según sus siglas en inglés, en el que se detalla el efecto del agostamiento en vastas extensiones de espacio y tiempo. El estudio, dicen, mejora los modelos climáticos convencionales, que no logran definir con precisión los efectos de los monzones asiáticos e impiden planificar acertadamente el futuro del calentamiento global. La reconstrucción cubre tres episodios climáticos clave en el último milenio: la parte final de la Anomalía Climática Medieval, la Pequeña Edad de Hielo y el periodo contemporáneo de cambio climático basado en el ser humano. Existen pruebas que apuntan a una influencia de las variaciones cíclicas de la temperatura de la superficie marina en los cambios monzónicos. Algunos expertos sugieren que el calentamiento global podría alterar esos ciclos y posiblemente los haría menos intensos, aunque aún no se ha alcanzado un consenso sobre este punto. En algunas especies arbóreas, la lluvia determina la anchura de sus anillos anuales de crecimiento. Esas marcas del paso del tiempo son las que han leído estos científicos durante más de 15 años para elaborar su estudio. Los árboles a analizar debían ser lo suficientemente viejos para haber vivido las grandes sequías, y el equipo ha tenido que recorrer bosques desde Siberia a Indonesia y el norte de Australia, tan occidentales como los paquistaníes y tan orientales como los japoneses.

El ‘MADA’ registra al menos cuatro sequías épicas, que están relacionadas con grandes catástrofes históricas. El clima podría haber jugado un importante papel en la caída de la penúltima familia real china, la dinastía Ming, en 1644. Entonces se produjo una grave sequía, que algunos textos de la época describen como la peor en cinco siglos. Los anillos de los árboles revelan que duró tres años, y que fue más mordaz en el noroeste chino, en las inmediaciones de Pekín. Parece que la falta de agua podría haber incentivado las rebeliones que acabaron con los Ming. El monzón volvió a fallar entre 1756 y 1768, un periodo que coincide con el colapso de los reinos de los actuales Vietnam, Tailandia y Birmania. La sequía enturbió las estructuras políticas hasta Siberia, y los anillos arbóreos indican también que el oeste de la India se vio gravemente afectado. Este agostamiento no aparece documentado en textos históricos, pero los investigadores rastrearon sus consecuencias en los anillos de varias tecas en Tailandia, y más tarde en varios cipreses vietnamitas. La sequía que asoló la India entre 1790 y 1796 se sintió a lo largo y ancho del globo. Trajo consigo levantamientos civiles y tumultos. La más sonada de estas rebeliones, la Revolución Francesa. Pero la peor de todas fue la ‘Gran Sequía’ de la era victoriana, entre 1876 y 1878. Afectó a los trópicos y provocó hambrunas que acabaron con la vida de 30 millones de personas. En base a las pruebas que aportan los anillos arbóreas, esta falta de lluvias fue especialmente terrible en la India, pero se extendió hasta la lejana China y la actual Indonesia. Las políticas de la era colonial intentaron medrar con las consecuencias de este fenómeno climático, pero el hambre y el cólera agitaron a la población, que se sublevó contra Francia.

 

Las sequías están empujando a 135 millones de personas a emigrar de sus países, según un informe de la ONU. En la actualidad, Burkina Faso, Níger, Mali y Mauritania son las cuatro naciones sobre las que se cierne especialmente. En Níger, según las últimas estimaciones de la Cruz Roja Internacional, están en peligro entre 2.500.000 y 3.000.000 de personas; 2.200.000, en Mali; 800.000, en Mauritania y 500.000, en Burkina Faso. En total, ante la persistente falta de lluvias, al sur de África entre 10 y 12 millones de personas se enfrentan a una grave escasez de alimentos. En la foto: la desnutrición infantil es consecuencia directa de las sequias.

La sequía es un fenómeno devastador que, a diferencia de otros desastres, destruye una región de forma paulatina asentándose en ella y afectándola durante largo tiempo. Es, en realidad, un componente normal del clima que acaece casi todos los años en alguna parte del mundo. La carencia de lluvias da lugar a que no haya un caudal suficiente de agua para las plantas, los animales y la población. La sequía provoca otros desastres: inseguridad alimentaria, hambruna, desnutrición, epidemias y desplazamientos de poblaciones de una zona a otra. Durante una sequía desaparece la vegetación y se pierden las cosechas lo que afecta a animales y personas, como la hambruna que asoló Etiopía a mediados de los años 80 y que mató a un millón de personas.