Luke Howard (Londres, 28 de noviembre de 1772 – 21 de marzo de 1864) fue un farmacéutico británico que jugó un papel importante en la historia científica y fundamentalmente en la meteorología. Howard fue el creador de la nomenclatura para la clasificación de las nubes, nomenclatura que presentó en 1802 en la Askesian Society, contribuyendo así en el nacimiento de la meteorología. A Howard se le conoce como el «padrino de las nubes». Somos muchos los que cada día miramos el cielo para observar qué nos depara el tiempo. Y también somos muchos los no sabemos quién puso nombre a las nubes. Antes del comienzo del siglo XIX, la mayoría de los observadores creía que el clima y las nubes eran demasiado cambiantes y de corta duración para poderlas clasificar. Los tipos de nubes se describían sólo por su color y forma: nube oscura, blanca, gris, negra, etcétera. El padre de la nomenclatura de las nubes es Luke Howard, nacido en Londres en 1772. Howard nunca cursó estudios como meteorólogo, pues su oficio era el de fabricante de productos químicos. Además de su trabajo sobre las nubes, Howard contribuyó con numerosos artículos sobre otros temas de meteorología, aunque con menos éxito: fue un pionero, ahora que vuelve a estar en boga, de los estudios sobre el clima urbano con la publicación El clima de Londres (1818-1820).

John Day ha escrito que la fascinación de Howard con las nubes se debe a los cielos increíbles que contempló en 1783. Entre mayo y agosto de ese año, el cielo estaba cargado de una gran fogg, compuesta por una neblina de polvo y ceniza a raíz de las violentas erupciones volcánicas en Islandia y Japón. La historia es cíclica y hace poco revivimos este episodio. Inusualmente, los cielos llamaron la atención de la mayoría de los cronistas de la época y muchos novelistas los utilizaron como telón de fondo para sus historias. Además del manto de ceniza volcánica, surgió un meteoro de fuego que cruzó por el oeste los cielos europeos durante la tarde del 18 de agosto, un espectáculo observado por un niño, Howard, de 11 años de edad. Este espectáculo de luz y fuego dio motivos a Howard para dedicarse al estudio de las nubes. Pero el estudioso inglés tuvo un competidor. En el año 1802 se desarrollaron dos sistemas de clasificación de nubes de forma independiente: uno creado por Jean Baptiste Lamarck, en Francia, y otro, por Luke Howard, en Inglaterra. Se cree que los dos sistemas se inspiraron en la obra del gran taxónomo sueco Carl von Linne, conocido por nosotros como Linneo, uno de los padres de la ciencia de la ecología. El esquema de clasificación sistemática de Linneo para todas las formas de vida fue uno de los hitos científicos más importantes del siglo XVIII y fue adoptado por los científicos y naturalistas de to-do el mundo. Mediante la clasificación de Linneo, Howard llegó a una solución al problema de nombrar un fenómeno tan efímero como las nubes.

Durante el invierno de 1802, Luke Howard presentó un documento a la Sociedad Askesian titulado En la modificación de las nubes. En ese documento, Howard propuso que se podrían identificar varias categorías simples dentro de la complejidad de las formas de las nubes. El gran salto que dio Howard fue en dar a sus categorías descriptivas nombres latinos (como Linneo había hecho con los reinos vegetal y animal), lo que trascendió las fronteras nacionales y el idioma en su uso. A diferencia de los nombres de Lamarck, en francés, éstos fueron comprensibles para todas las culturas. Y no impidió la aceptación del sistema, que fue a la vez muy simple y lo abarcaba casi todo. Seguro que muchos de nosotros hemos oído alguno de estos nombres ahora que la meteorología es una ciencia que disfruta de una gran divulgación en los medios de comunicación. Howard dividió las nubes en tres grupos:

Cúmulo, del latín cumulus, que significa “del montón”. Según el diccionario de la RAE, se definiría como un “conjunto de nubes propias del verano, que tiene apariencia de montañas nevadas con bordes brillantes.” Estrato, del latín stratus. Significa capa y tiene por definición según la RAE: “Nube que se presenta en forma de faja en el horizonte”. Cirro, del latín cirrus o rizo de pelo; sería una forma de fibras paralelas, extensibles por el aumento de cualquiera o todas las direcciones. Para denotar que una nube era el acto de la condensación, añadió una cuarta categoría: Nimbo, del latín nimbus, nube que se define como una “nube grande, baja y grisácea, portadora de lluvia, nieve o granizo” (Diccionario de la RAE).

La influencia de Howard no sólo es evidente en el campo de la meteorología, si-no que, ya en su época, se trasladó al campo de las artes e inspiró poemas a Shelley como La Nube, y asesoró a John Constable y a John Ruskin sobre pinturas y estudios de los cielos. Pero fue Goethe, genio del Romanticismo alemán, quien escribió los más grandes elogios sobre él: “Fue el primero en aferrarse conceptualmente las espaciosas y siempre cambiando de forma de las nubes, para limitar y sujetar por el indefinido, lo intangible e inalcanzable y darles nombres adecuados”. El trabajo de Howard en las nubes también parece haber influido en muchos pintores de la época romántica, en particular en los maestros Joseph Turner y John Constable de Inglaterra y Caspar David Friedrich (a través de Goethe) en Alemania. El cielo transmitía un determinado estado de ánimo próximo a los ideales del Romanticismo. Sin duda, hoy día siguen condicionándonos el ánimo y al salir de casa volveremos a levantar la cabeza hacia el cielo.

Parte del texto fue extraído del escrito de Helena Pol, en Técnica Industrial