Aunque mucha gente lo ignore, la Luna no es el único objeto celeste que acompaña a La Tierra en su viaje alrededor del Sol. Existe un segundo cuerpo, un asteroide llamado Cruithne, que comparte nuestra órbita de forma “no estable”. Con un diámetro de sólo 5 kilómetros, este cuerpo descubierto por Duncan Waldron el 10 de octubre de 1986, describe una trayectoria que vista desde nuestro planeta se asemeja a una herradura, moviéndose entre las órbitas de Mercurio y más allá de la de Marte, atravesando en  cada ciclo la de la Tierra.

Asteroides

Por eso se ha llamado La Segunda Luna de la Tierra y alcanzarla es el objetivo de una futura misión espacial con un concepto innovador que ha propuesto un investigador italiano. Se trata de una propuesta económica para lanzar un satélite que viaje a este asteroide cercano a la Tierra. Entre las nuevas características de la misión está la idea de tener dos “nanoplataformas” independientes que se pueden implementar para llevar a cabo estudios científicos una vez que el satélite ha llegado a su destino. También conocido como asteroide 3753, Cruithne es un objeto cercano a la Tierra de cinco kilómetros de ancho. No presenta ningún riesgo de colisión con nosotros, porque el asteroide está bloqueado en una media de resonancia de 1:1 con respecto a la Tierra, lo que significa que los dos cuerpos tardan aproximadamente el mismo tiempo en completar una órbita alrededor del Sol, por lo que parece como si se estuvieran persiguiendo uno a otro. En su punto más cercano a nosotros está a 12,5 millones de kilómetros, por lo que se ha ganado el sobrenombre de “segunda luna” de la Tierra.

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Cruithne es de gran interés científico. Al igual que otros muchos asteroides pequeños, su composición debe todavía mantener su química original, sin maquillaje, sin alteraciones producidas por las altas presiones y temperaturas internas, por lo que podría aumentar nuestros conocimientos sobre cómo se formó el sistema solar. Sin embargo, a los efectos de diseñar un satélite para visitarlo, la gran inclinación orbital de Cruithne presenta un desafío particular para llegar hasta él. “El nuevo estudio propone un enfoque novedoso para las misiones de investigación de los asteroides cercanos a la Tierra basado en satélites pequeños y flexibles”, dice el autor de la idea, Pierpaolo Pergola, un ingeniero aeroespacial de la Universidad de Pisa. La eficacia de la misión proviene principalmente de la utilización de un sistema de propulsión iónica eléctrica. Este sistema utilizaría la energía generada a partir de paneles solares para producir y acelerar plasma de alta temperatura en dos propulsores, lo que permitiría a la nave viajar a altas velocidades manteniendo el consumo de combustible en unos ratios relativamente pequeños para una misión espacial de este tipo. Al ahorrar en propulsores, los costes de lanzamiento se reducen y el lugar del combustible se puede asignar a una mayor carga útil. “Esto es especialmente conveniente para una misión como ésta en la que el satélite debe alcanzar un destino”, dice Pergola, explicando que en un sistema de propulsión química clásico, incluso con trayectorias más convencionales, los satélites necesitarían mucho más combustible. El aumento de carga útil del proyecto se aprovecharía instalando dos nano-plataformas que podrían desplegarse cuando llegaran al destino, lo que permitiría llevar a cabo estudios detallados. Pergola explica que la candidata ideal para esto sería la CubeSats 2U (con unas dimensiones de 20 × 10 × 10 cm), la plataformas en miniatura que muchos investigadores están utilizando en los últimos años. A pesar de su tamaño, la CubeSats dispone de una amplia gama de aplicaciones – tales como acelerómetros, espectrómetros de masas o sondas de partículas – siendo más ligera y maniobrable. Usando además a la nave espacial principal como escudo contra la radiacion durante el viaje y como repetidor/amplificador de las telecomunicaciones con la Tierra, el diseño de la misión superaría dos de los inconvenientes que tienen las CubeSats para investigaciones en el espacio exterior.

Cruithne no puede verse a simple vista. No solo es muy pequeño para ello, sino que se encuentra a una enorme distancia de la Tierra. En su aproximación máxima solo llega a unos 12 millones de kilómetros de nuestro planeta, unas 30 veces más lejos de lo que se encuentra la Luna. Un dato tranquilizador es que a pesar de lo compleja que es su trayectoria y su inestabilidad a largo plazo, los cálculos demuestran que no impactará contra nosotros. O al menos, no durante un par de millones de años. Como se indica anteriomente , vista desde la Tierra su órbita se asemeja una herradura o un riñón, y realiza un cambio de ciclo cada 387 años. Está previsto que en julio de 2289 Cruithne realice una de sus máximas aproximaciones a la Tierra, tal como lo hizo en 1902.